Algunos
unitarios se dirigieron a Lavalle y opinaron sobre lo que debía hacerse con el
ggobernador capturado.
Salvdor María del Carril (1) le escribía a Lavalle el 12 de diciembre de 1828: "La prisión del General Dorrego es una circunstancia desagradable, lo conozco; ella lo pone a usted en un conflicto difícil. La disimulación en este caso después de ser injuriosa será perfectamente inútil al objeto que me propongo. Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo en ella antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla. Prescindamos del corazón en este caso. La Ley es que una revolución es un juego de azar, en la que se gana la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio, de una evidencia práctica, la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, general, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted; habré escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza de la hidra, y no cortará usted las restantes. Nada queda en la República para un hombre de corazón. "
La
nefasta influencia de Del Carril se aprecia en esta carta de Lavalle a Brown: "Desde
que emprendí esta obra, tomé la resolución de cortar la cabeza de la hidra, y
sólo la carta de Vuestra Excelencia puede haberme hecho trepidar un largo rato
por el respeto que me inspira su persona. Yo, mi respetado general, en la
posición en que estoy colocado, no debo tener corazón. Vuestra excelencia
siente por sí mismo, que los hombres valientes no pueden abrigar sentimientos
innobles, y al sacrificar al coronel Dorrego, lo hago en la persuasión de que
así lo exigen los intereses de un gran pueblo. Estoy seguro de que a nuestra
vista no le quedará a vuestra excelencia la menor duda de que la existencia del
coronel Dorrego y la tranquilidad de este país son incompatibles".
EL
general Lavalle decide fusilar a Dorrego el 13 de diciembre.
Lavalle fusiló a Dorrego y así lo anunció en un
Bando: "Participo al Gobierno Delegado que el coronel Dorrego acaba de
ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componente esta
división. La historia juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido
morir o no morir, y si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado
por él puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien
público".
Roberto Bardini (Rebanadas de Realidad - 10/12/03) dice:“Faltaban 11 días para Navidad. A la orden de "¡fuego!", un pelotón de fusilamiento unitario acribilló de ocho tiros en el pecho al coronel federal Manuel Dorrego, ex gobernador de Buenos Aires. Había sido estudiante de leyes, militar indisciplinado en los cuarteles pero valiente en el campo de batalla, apasionado político y patriota hasta los huesos. Fue una víctima más del crónico desencuentro entre argentinos. Dorrego nació el 11 de junio de 1787 en Buenos Aires. Fue el menor de cinco hermanos, hijos del rico comerciante portugués José Antonio de Dorrego y la argentina María de la Ascensión Salas. En 1803, a los 15 años, ingresó en el Real Colegio de San Carlos y a inicios de 1810 comenzó a estudiar Derecho en la Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile. Pronto abandonó las aulas y se unió al movimiento independentista chileno. Exaltado, cambió el traje civil y los libros por el uniforme y las armas. En la milicia del país andino ganó las tres estrellas de capitán al sofocar un movimiento contrarrevolucionario. Tenía 23 años. Antes de concluir 1810, Dorrego regresa a Buenos Aires y con el grado de mayor se une a las fuerzas armadas encabezadas por Cornelio Saavedra rumbo al norte. En el combate de Cochabamba sufre dos heridas y gana el ascenso a teniente coronel. Más tarde, bajo las órdenes de Manuel Belgrano, lucha en Tucumán (24 de septiembre de 1812) y Salta (20 de febrero de 1813). El ejército de Belgrano marcha hacia Potosí sin Dorrego: se queda en la retaguardia, arrestado por indisciplina. Eso le evita las derrotas de Vilcapugio (1º de octubre de 1813) y Ayohuma (14 de noviembre de 1813), y quizá la muerte en servicio”.
Y agrega: “El militar
convertido en político resulta elegido representante por Santiago del Estero en
el Congreso Nacional. Cuando se discute la Constitución de 1826 se destaca en
los debates sobre la forma de gobierno y el derecho al sufragio. Desde el
periódico El Tribuno continúa atacando la posición centralista de Rivadavia, lo
que aumenta su prestigio en las provincias”.
Al referirse a la constitución rivadaviana de ese
año, Dorrego afirma: "Forja una aristocracia, la más terrible porque es la
aristocracia del dinero. Échese la vista sobre nuestro país
pobre, véase qué proporción hay entre domésticos asalariados y jornaleros y las
demás clases del Estado (...). Entonces sí que sería fácil influir en las
elecciones, porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en
una corta porción de capitalistas; y en ese caso, hablemos claro, el que
formaría la elección sería el Banco, porque apenas hay comerciantes que no
tengan giro con el Banco, y entonces sería el Banco el que ganaría las
elecciones, porque él tiene relación en todas las provincias".
Sigue señalando Bardini: “El valiente general
unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid, un tucumano que peleó la guerra de
independencia y en las luchas que siguieron en Vilcapugio, Ayohuma y Sipe Sipe,
permanece junto a su ex camarada Dorrego hasta el abrazo final. A él le entrega
el condenado cartas para su mujer y las dos hijas. A la esposa le escribe:
"Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora
debo morir. Ignoro por qué; mas la Providencia divina, en la cual confío en este
momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a
mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida:
educa a esas amables criaturas. Sé feliz, ya que no lo has podido ser en
compañía del desgraciado Manuel Dorrego". Tiene 41 años.
Aráoz de Lamadrid es un oficial curtido que
combatió en Tucumán, Córdoba, San Juan y Mendoza. También conoció el exilio en
Bolivia y Chile. Dorrego le pide al compadre su chaqueta para morir y le
solicita que le entregue a su esposa Ángela la que él lleva puesta. El duro
Aráoz se "quiebra" ante la entereza de su amigo-adversario y llora
frente a la tropa como un adolescente”.
Ángela Baudrix, la viuda, queda en la miseria. Sus
hijas tienen seis y 12 años de edad. Tiempo después se ven obligadas a trabajar
de costureras en el taller de Simón Pereyra, un proveedor de uniformes para el
ejército y especulador en la compra-venta de tierras.
El periodista e historiador José Manuel de Estrada
(1842-1894), escribió un homenaje a Manuel Dorrego que puede considerarse un
conmovedor epitafio:
"Fue un apóstol y no
de los que se alzan en medio de la prosperidad y de las garantías, sino apóstol
de las tremendas crisis. Pisó la verde campiña convertida en cadalso, enseñando
a sus conciudadanos la clemencia y la fraternidad, y dejando a sus
sacrificadores el perdón, en un día de verano ardiente como su alma, y sobre el
cual la noche comenzaba a echar su velo de tinieblas, como iba a arrojar sobre
él la muerte su velo de misterio. Se dejó matar con la dulzura de un niño, él
que había tenido dentro del pecho todos los volcanes de la pasión. Supo vivir
como los héroes y morir como los mártires".
Los nefastos argumentos de Lavalle son los mismos que en el Siglo siguiente llevaron a Uriburu (1930); Lonardi, Aramburu y Rojas (1955); Onganía (1966) y Videla (1976) a cometer los mayores latrocinios contra la dignidad del Pueblo argentino, en defensa de un supuesto al que hipócritamente denominan “orden”.
RodolfoWalsh (en Operación Masacre) pone en duda la dignidad moral de aquellos que se “indignan” hipócritamente por barbaridades, masacres y violencias contra el “orden”, y que se arrogan el derecho de juzgar y disponer de las vidas de otros en aras de un declamado bien común.
Todos ellos quisieron hacer posible la regresión histórica, y para ello era necesario e imprescindible imponer el escarmiento.
Todos estos personajes de la historia y personeros de la extranjerización, no sólo se propusieron matar: se propusieron infundir terror. Esa fue su mayor crueldad.
1) Salvador María del Carril, nacido en San Juan. Jurista y estadista, vicepresidente de la Confederación Argentina. Educado en derecho civil y canónico en la Universidad de San Carlos en Córdoba; discípulo del deán Funes, recibió su título de doctor en 1816.
Pasó algunos de los siguientes años como periodista y funcionario en el
Ministerio de Hacienda en Buenos Aires; regresó a San Juan y llegó a ser su
gobernador; durante su permanencia en ese cargo, tomó a Rivadavia como modelo e
intentó modernizar a San Juan. Se mejoró el abastecimiento de agua, se
embelleció la ciudad; se establecieron nuevos pueblos, se introdujo una prensa,
el 15 de julio de 1826, promulgó la constitución provincial Carta de Mayo,
basada en las nuevas ideas liberales inglesas, muchas de las cuales fueron, más
tarde, incorporadas a las constituciones de Rivadavia y a la de 1853. Despertó
la oposición del clero en tal magnitud, que se vio obligado a alejarse de sus funciones
temporariamente; poco tiempo después de reasumir su cargo, presentó su renuncia
para dirigirse a Buenos Aires.
Se
convirtió en ministro de Hacienda bajo la presidencia de Rivadavia; más tarde,
cuando Dorrego fue electo gobernador, prestó servicios como uno de los
principales asesores del general Lavalle, quien derrotó y ejecutó a Dorrego.
Posteriormente
al propio derrocamiento de Lavalle y a su partida al exilio, Del Carril también
abandonó el país; pasó a ser miembro de la Comisión Argentina y apoyó a Lavalle
en su regreso para combatir a Rosas en 1839.
Muy
pronto se unió a Urquiza en su lucha contra Rosas; después de Caseros, Del
Carril permaneció con la Confederación, siendo delegado en el Congreso
Constituyente y rubricando la constitución.
Se lo designó
vicepresidente de la Confederación Argentina
Fue
empleado por el presidente Urquiza para colaborar a fin de conseguir la reunión
de Buenos Aires con las demás provincias; después de ello, Del Carril fue
designado para la Corte Suprema (1862) durante la presidencia de Bartolomé
Mitre, prestando servicios como su presidente desde 1870 hasta su posterior
retiro de la vida pública en 1877, seis años antes de su muerte.
