Disertación en el marco de la presentación del proyecto “Bicentenario y Participación Ciudadana”. Nogoyá, 23 de Febrero de 2010. (Área de Promoción de DDHHH y Participación Ciudadana y Subprograma Arte Público y DDHH del Programa “Educar en DDHH”, con la DINARECO del Ministerio del Interior, organizando espacios de reflexión en distintos municipios de la provincia de Entre Ríos, que han tenido una relación histórica con el fundador del federalismo democrático, el Protector de los Pueblos Libres, Don José Gervasio de Artigas). Esta misma conferencia la desarrolla el 19 de Agosto de 2010 Curso-Taller Pensamiento Nacional - Instituto Octubre - Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Monumento a José Artigas, Montevideo, registrada por el autor del presente
artículo, Febrero de 2010.
¿Qué podemos decir sobre Artigas? Podemos decir que estamos anunciando su vuelta; el retorno del primer caudillo nacional, a quien nuestros pueblos, a través de la lucha por la liberación iberoamericana, rescatarán para siempre desde su reclusión.
Artigas se quedó
aferrado treinta años a la vida en el destierro en las selvas paraguayas;
fueron los treinta años más pobres, heroicos y mudos; víctima y testigo
insobornable de la frustración de la unidad nacional.
Artigas es un drama del
ayer que se trasmuta en fuerza y justicia de nuestras esperanzas.
El recuerdo de José
Gervasio de Artigas es presencia. Y esa presencia nos pone de lleno en el
centro de la actualidad rioplatense y de la América Iberoamericana toda.
Vivimos la emergencia avasallante de la conciencia histórica nacional. Es que
nuestra tragedia y asfixia reside en esta cuestión no resuelta.
Una conciencia histórica
eminentemente popular que todavía no se ha hecho, en su totalidad. Vivimos una
conciencia a-histórica impuesta por el coloniaje, en declinación es cierto,
pero que aún subsiste.
Porque la dependencia
de un pueblo, la balcanización, es derrota; es quedar forzado a una historia
que hacen otros; es una pavorosa alienación colectiva padeciendo la historia
desde fuera; desviviéndonos. Tal nuestra desgracia, la de Iberoamérica entera.
Más que vivir hemos desvivido. Historia desvivida que sólo cuenta con
martirios, los destierros y muertes de San Martín, Artigas, Bolívar, Dorrego,
Rosas, Solano López, Facundo, El Chacho, López Jordán y tantos otros.
Y cabe preguntarse
¿quién se exilió, Artigas o el Uruguay? ¿quién se exilió San Martín o
Argentina?
Nuestra historia, al
decir, justamente, del uruguayo Methol Ferré, es una "dialéctica de los
destierros, de los que partían y los que quedaban, de vencedores y vencidos. Y
todo ello agravado porque los hombres que encarnaron lo nacional fueron dos
veces muertos, pues es sabido, la historia la escriben los vencedores. A unos
los mataron enterrándolos en una presunta barbarie, a otros los tergiversaron y
les admitieron una gloria falsa. Esto fue una obra consciente, sistemática,
realizada por el coloniaje en especial a través de su más lúcido representante
que fue Bartolomé Mitre”.
Mitre, que nos dejó
como su “guardaespaldas” al diario “La Nación”, señaló que “historiar es
gobernar”, y nos legó la más acabada interpretación antinacional de nuestra
historia, que todavía obnubila al pueblo en las aulas... aunque no en las
calles.
Hoy se hace necesidad
imperiosa hacer conocer de una vez la historia, la verdadera historia,
produciendo la destrucción de la historia mal llamada “oficial”.
El pueblo, que agudiza
la percepción de la mentira, ve cada vez más claro, y por tanto podremos quebrar
el coloniaje.
Hace dos Siglos, España
e Indias son disgregadas por el embate de dos naciones europeas mucho más
desarrolladas: Inglaterra y Francia.
El proceso
revolucionario de independencia y de unidad nacional Iberoamericana, también se
frustra por presión de Inglaterra, produciéndose un estado de descomposición
nacional que dura hasta nuestros días, y con un nuevo usufructuario, los
Estados Unidos.
Esta descomposición
forma una multitud de Estados casi parroquiales.
Hoy, con la crisis
generalizada del imperio y el ascenso de los pueblos oprimidos, se abre el
tránsito de esos Estados, hijos de la balcanización, hacia el Estado Nacional
Iberoamericano.
Somos una multitud de
Estados dependientes y no una única Nación, y la independencia será el magno
proceso hacia la integración de Estados Iberoamericanos.
Artigas fue el centro
de la lucha nacional en el Río de la Plata a principio del Siglo XIX.
Artigas pertenece a
ambas orillas del Plata. Pero, es más: pertenece, por sus ideales políticos,
por su acción, por su temple, a la América entera al sur del Río Bravo. Artigas
es la Revolución hecha pueblo.
La Revolución de Mayo,
que sin duda fue un hecho glorioso, podemos afirmar que fue inconclusa. Fue al
decir de José María Rosa un antecedente de la verdadera revolución, como lo
fueron la resistencia a las invasiones inglesas de 1806 y 1807, como lo fue el
Cabildo abierto de Montevideo de 1808, como lo fue la tentativa porteña de
1809.
El notable historiador
revisionista “Pepe” Rosa, en una Conferencia brindada en la Facultad de
Arquitectura de Montevideo sobre Artigas en 1960, y presentado por Methol
Ferré, decía: “La Revolución llega con Artigas en 1811; hay una insurrección de
masas rurales, hay un aliento de democracia, hay turbulencias de un pueblo entero
conmovido. Aquí se habla por primera vez de independencia absoluta por que el
pueblo y el caudillo dan la tónica del movimiento. Los señores de la clase
principal están inquietos y no saben por qué: no saben si su inquietud se calma
con constituciones liberales, o con juntas que gobiernen a nombre de Fernando
VII. Es el pueblo quien sabe a dónde va, y él es el caudillo del pueblo. De
allí que hable de Artigas como el primer revolucionario del Plata. Artigas es
un caudillo. Eso se ha dicho en sentido peyorativo por los liberales. Un
caudillo es algo que no se encuentra en los libros de derecho constitucional comparado;
porque los libros de derecho constitucional comparado han sido escritos para
sistemas donde gobierna y detenta los privilegios una sola clase de la población.
Gobiernan consejos o asambleas en público, y logias en secreto”.
Artigas es lo vernáculo
contra lo foráneo, la realidad contra el artificio, la Patria contra la
colonia; lo nuestro, lo americano, lo auténtico, en pugna contra lo ajeno, lo
importado, lo europeo.
Agregaba José María
Rosa: “No bastaba con llamarse revolucionario para serlo, como ocurría en los
triunviratos y directorios de Buenos Aires de mentalidad colonial e ideales
puramente formales. Ellos no se llamaban coloniales ni se sentían así; para ellos
lo colonial era lo español, y creían que dejaban de ser colonia al hacerse
afrancesados o anglófilos. Porque no sentían lo nuestro. Su actitud era terriblemente
colonial, porque hasta arrasaba con esa innegable raíz española que estaba en al
fondo de las cosas criollas. Artigas es el pueblo contra la oligarquía. Y llamo
oligarcas a quienes se consideran y obran como clase privilegiada. No solamente
a los privilegiados económicamente, sino también a los falsos intelectuales -
los inteligentuales - que comprenden las cosas de todos los países menos del
suyo, que viven de espaldas a la realidad; sordos y ciegos a su medio. Esos
inteligentuales, aunque lo renieguen, son siempre aliados de los oligarcas:
siempre son instrumentos de los imperialismos ajenos. Contra ellos está el
pueblo, que es la reserva de la nacionalidad en todas partes; sobre todo en los
Países coloniales o semicoloniales donde la oligarquía obra como beneficiaria,
gerente o propagandista de los imperialismos. (Uso la palabra imperialismo por
comodidad. Entiendo el imperialismo al dominio comercial que Inglaterra y en
menor grado Francia, querían tener de todo el mundo apenas la revolución industrial
las convirtiera en emporios productores de materias manufacturadas). Esto lo
digo para entenderme con quienes llaman solamente imperialismo al financiero de
fines del XIX. Antes del imperialismo financiero hubo un imperialismo comercial
con características de dominio bien evidentes. Ahí tenemos las invasiones
inglesas de 1806 y 1807, ahí tenemos la apertura del puerto de Buenos Aires al
libre comercio en 1809, ahí tenemos la ayuda de lord Strangford a los
directorios y triunviratos porteños, y ahí tendremos luego la intervención
francesa de 1838/1840 y la posterior, anglo-francesa de 1845/1850. Artigas
significa la revolución echa pueblo; la independencia; y además un sentido
heroico de la vida; la idea del federalismo, y el concepto de la unidad
americana, de la unidad hispanoamericana”.
La idea de
independencia está latente en el grito de Asencio que encuentra su
exteriorización escrita el 13 de abril de 1813 en la primera de las famosas
instrucciones a la Asamblea del Año XIII.
Allí habla Artigas (el
primero, juntamente con otro americano llegado hace poco de España, José de San
Martín) de independencia absoluta, cuando los triunviratos, directorios y
asambleas de Buenos Aires hablaban de incorporación lisa y llana a Inglaterra.
En la Oración remitida
el 5 de abril de 1813 por Artigas al congreso de la Provincia Oriental se
manifiesta el reconocimiento de la supremacía del pueblo.
Artigas es el Jefe de
los Orientales por reconocimiento implícito de los suyos, y confirmado en 1811
al iniciarse el Éxodo. Pero devuelve esa autoridad en abril de 1813 al Congreso
porque “los pueblos deben ser libres”; porque él se inclina ante el “voto
sagrado de la voluntad general".
Solamente un Caudillo
puede hablar así; un caudillo que sabe al pueblo por encima suyo.
Algunos podrán criticar
la suma de poderes que tuvo Artigas como “gobernador militar" de su
provincia, primero, y como Protector de los Pueblos Libres después.
No era la suya la
concepción tripartita de los poderes de Montesquieu. Y no lo era, porque
Artigas no traía nada de afuera, no era un “inteligentual”.
Algunos han encontrado
libros leídos por el Protector, escritos por Payne y traducidos por García de
Sena y se entusiasman porque creen haber rastreado el origen de sus ideas
populares y federales.
Que un hombre lea un
libro no significa que ese libro sea su guía. Artigas habrá leído a Payne y
muchos más, pero su concepción política es totalmente criolla.
No tomaba el
federalismo norteamericano sino los municipios indianos como modelo. Mejor
dicho, tomaba la misma realidad, plasmándola de acuerdo a las circunstancias,
como debe hacerlo un auténtico político.
La esencia política del
artiguismo es el "sufragio universal”. Como quiso establecerlo por el
Reglamento de 1815, como lo establecieron en sus constituciones o estatutos de
los Pueblos Libres creados por él; el de Santa Fe y el de Entre Ríos. Y eso no
lo tomó de Payne ni de ninguna parte: porque en tiempos de Artigas no había
sufragio universal en Estados Unidos, ni en Francia, ni en Inglaterra; lo había
sí en la provincia Oriental, en Entre Ríos, en Santa Fe y en Corrientes.
¿De dónde sale el
"sufragio universal", que podemos llamar la institución básica
política del Plata? Sale de la milicia; es decir de la formación de todos los
hombres en edad de llevar armas con la obligación de defender su municipio.
Cuando el pueblo
irrumpe en la historia del Plata lo hace formado en milicias comandado por su
Jefe o Caudillo (así se llama al jefe de las milicias en las antiguas leyes
españolas).
Elige en la plaza a
este caudillo y le da los poderes suficientes para defender a la comunidad. “El
primer derecho y deber del pueblo es elegir un Caudillo” dice el Estatuto de
Santa Fe de 1819 dado por Estanislao López, cuando Santa Fe era un “Pueblo Libre”
federado a la Liga de la Purificación.
Que el caudillo tuviera
todos los poderes, que mandara al ejército, dictara las leyes por su cuenta, y
conciencia, o hiciere justicia en definitiva apelación, les puede horrorizar a
muchos; a muchos liberales; pero el caudillo lo podía hacer porque interpreta
al pueblo; es decir: el mismo pueblo gobernando.
Después de 1819 la
provincia de Santa Fe habrá tenido muchas constituciones muy perfectas, con sus
poderes divididos y reglamentados. Pero nunca estuvo el pueblo tan presente
como en 1819.
Artigas es el creador
del federalismo argentino. Al decir “creador” no decimos que lo inventara él.
Pero tuvo el acierto de encontrarlo en el fondo de los viejos cabildos
indianos; y lo hizo realidad en la conducción política de la Revolución.
Es que nuestro
federalismo es esencialmente municipal. Comunas que se consideran iguales en
derechos y resisten la imposición de aquella gran comuna sin sentido nacional
que fue Buenos Aires. No resisten por desamor a Buenos Aires, sino porque
Buenos Aires (o mejor dicho los hombres que gobernaban a Buenas Aires
pertenecientes a la oligarquía) no tenían sentido nacional.
En cambio. las comunas
de los Pueblos Libres, cuyos gobernantes surgían del pueblo sí lo tenían.
De allí que la voz de
Artigas hablando de independencia absoluta, gobiernos populares y federalismo,
se extendiera más allá del Uruguay. En Buenos Aires se decía que la prepotencia
o ambición de Artigas lo hacía extender su dominio. No lo podían comprender.
Era la suya la
verdadera patria aflorando en el litoral. En los “Pueblos Libres” estaba el
germen de la Confederación Argentina de 1831.
Sin inmiscuirse en las
cosas internas de las otras provincias, sin prepotencias inútiles e
inconducentes. “Yo, adorador eterno de la soberanía de los pueblos - dice al
cabildo de Corrientes que le reclama su protección en 1814 - solo me he valido
de la obediencia con que me han nombrado para ordenarles que sean Libres.”
¡Ordenarles que sean
Libres!... Ese es el lenguaje de los grandes. “Ellos sólo tienen el derecho de
darse la forma que gusten” y agrega, “formalizarán su Liga entre sí mismos y
con nosotros, declarándome yo su Protector.”
Pero ¿cuál era la
Patria de Artigas? ¿Era solamente su amada provincia, su “patria chica” por la
que tanto luchó? ¿Era la Liga de los Pueblos Libres? ¿Eran las provincias
Unidas del Plata? Sí.
Todo eso, y algo más
también. Artigas era oriental y por ser muy oriental era muy argentino. (no es
“argentino” sinónimo de porteño; argento es el habitante de las provincias del
Plata como lo dice la etimología).
Pero no se detenía allí
su idea de patria: por ser muy argentino era muy americano, muy iberoamericano.
Para él su patria era
la unión de todas las porciones de la América Española. Unidas en un mismo
Estado o Confederación de Estados, o en una misma fraternidad, que para el caso
es lo mismo. Lo importante no es lo formal, sino lo esencial: que haya
conciencia de unidad de origen y unidad de destino.
Ese era el pensamiento
de los hombres de la primera década revolucionaria. La artiguista provincia de
Santa Fe en su mencionado Estatuto consideraba “ciudadano de Santa Fe” a todos
los nacidos en América española.
Pero luego nos
perdieron entre constituciones y recelos: fraccionaron en veinte partes
insondables la fraternidad hispanoamericana. Lo hicieron los gobiernos
tesoneramente separatistas: en Buenos Aires había un Rivadavia que nada quería
saber con Bolívar. Fueron los gobiernos del coloniaje orientados y dirigidos
desde afuera. Es el “dividir para reinar”.
Artigas en su retiro, en
su muerte política voluntariamente impuesta, en su soledad y abandono, es una
protesta por la pérdida de la Patria Grande, porque Iberoamérica no tomaba el
rumbo que él señalara.
En el oficio que manda
el 7 de diciembre de 1811 desde orillas del Dayman al cabildo de Paraguay,
habla de su éxodo, “yo llegaré muy en breve a mi destino con este pueblo de
héroes” dice. Pero no la considera patrimonio oriental sola-mente; no ha hecho
sino repetir el éxodo de La Paz en 1809. Primera manifestación de solidaridad
americana. Pide la ayuda paraguaya porque Asunción se defiende a sí misma defendiendo
a los orientales. "Fuera cual fuere la suerte de la Banda Oriental, deberá
trasmitirse hasta esa parte del norte de nuestra América”.
La guerra de la
independencia era una sola.
Y esto ocurre un año
antes que Bolívar hiciera su conocido manifiesto de Cartagena, solicitando la
ayuda de Nueva Granada para a recuperar Caracas. Porque la defensa de Nueva
Granada estaba más allá de sus límites formales; pero la América española era
una sola, pese a sus límites administrativos.
Artigas no triunfó.
Tuvo poderosos enemigos que acaba-ron por arrojarlo fuera de su Banda Oriental,
vencido.
No son esos enemigos ni
Francisco Ramírez, ni Otorgués, ni los directoriales de Buenos Aires que engañaron
a Ramírez con el inicuo tratado del Pilar.
Artigas no triunfó
porque no había llegado su hora; sino porque se había adelantado a su hora.
Porque la unidad de
América Indo-Hispana, que sólo se puede lograr con gobiernos populares, no era
de esos tiempos, y ante un enemigo tan poderoso como era Inglaterra, y con una
oligarquía fuerte y sin desmantelar adentro.
Dice José María Rosas:
“Después de Cepeda, el 1º de febrero de 1820, Artigas debió entrar en Buenos
Aires y extender los Pueblos Libres por todo el territorio occidental; con los
recursos de Buenos Aires, arrojar de la Banda Oriental a los portugueses; y
erigirse él desde Buenos Aires (al fin y al cabo centro geográfico del Plata)
en Jefe o Protector de la agrandada federación. Ayudar a San Martín y tenderle
la mano a Bolívar; otra seria la historia americana entonces. Pero no fue así.
Ocurrió la baja traición del Pilar y se eliminó a Artigas y a la Provincia
Oriental de la argentinidad. Es decir, se le eliminó la posibilidad de integrar
la unión Hispanoamericana”.
Artigas se fue y no
volvió más. Pero dejó su espíritu en ambas márgenes del Plata. Los 33 (6)
tomaron el sentido heroico del artiguismo para defender la “patria chica”, y
Juan Manuel de Rosas tomó el espíritu de Artigas para reconstruir la
Confederación.
Artigas no triunfó,
como no triunfó Rosas, pero nos dejaron la lección que hemos de recoger en este
siglo. Siglo de nacionalidades, donde se baten en retirada los imperialismos y
sus servidores conscientes e inconscientes, con su fárrago de palabras huecas y
de esquemas falsos.
Es nuestro deber traer
a Artigas desde su destierro. Montará a caballo en la Banda Oriental, volverá a
galopar por las cuchillas entrerrianas, convocará a nuestros caudillos federales,
y nos guiará por el camino de la definitiva independencia para concretar el
sueño de la Gran Patria Iberoamericana. Ese será nuestro mejor homenaje.


